Corresponsal: Jesús Uriel Xoxotla
03 - Abril - 2019
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Breve acercamiento a nuestro primer poeta.

Jaime Sabines (nació en Tuxtla Gutiérrez en el año de 1926 y muere 73 años después en el Distrito Federal —actual Ciudad de México—.) poeta imprescindible e importante en el siglo XX reforzado por su carácter coloquial y comprometido le permitió obtener un lugar en el librero de miles de lectores de lengua hispana.

Con aproximadamente 16 publicaciones poéticas, Jaime Sabines, ha trascendido como uno de los poetas más reconocidos y admirados de México. La poesía amorosa, característica de suma relevancia en sus versos, cosechó confesiones de amor sincero y desamor que  desgarra el corazón de manera incomparable, con títulos como Otra Carta, No es que muera de amor, Te desnudas igual, Espero curarme de ti, Mi corazón emprende, Yo no lo sé de cierto, entre otros títulos, Sabines, ofrece suspiros propios de su ingenio y del valor que el amor, para él, debe de tener.

En esta primera ocasión tengo el gusto de presentar uno de sus poemas más románticos y amorosos que deslumbra desde los primeros versos la dicha de amar y ser amado.  

 

Otra carta

Siempre estás a mi lado y yo te lo agradezco.

Cuando la cólera me muerde, o cuando estoy triste

—untado con el bálsamo para la tristeza como para morirme—,

apareces distante, intocable, junto a mí.

Me miras como a un niño y se me olvida todo

y ya sólo te quiero alegre, dolorosamente.

He pensado en la duración de Dios,

en la manteca y el azufre de la locura,

en todo lo que he podido mirar en mis breves días.

Tú eres como la leche del mundo.

Te conozco, estás siempre a mi lado más que yo mismo.

¿Qué puedo darte sino el cielo?

Recuerdo que los poetas han llamado a la luna con mil nombres

—medalla, ojo de Dios, globo de plata,

moneda de miel, mujer, gota de aire—,

pero la luna está en el cielo y sólo es luna,

inagotable, milagrosa como tú.

Yo quiero llorar a veces, furiosamente,

porque no sé qué, por algo,

porque no es posible poseerte, poseer nada,

dejar de estar solo.

Con la alegría que da hacer un poema,

o con la ternura que en las manos de los abuelos tiembla,

te aproximas a mí y me construyes

en la balanza de tus ojos,

en la fórmula mágica de tus manos.

Un médico me ha dicho que tengo el corazón de gota

—alargado como una gota— y yo lo creo

porque me siento como una gruta

en que perpetuamente cae, se regenera y cae

perpetuamente.


Bendita entre todas las mujeres

tú, que no estorbas,

tú que estás a la mano como el bastón del ciego,

como el carro del paralítico.

Virgen aún para el que te posee,

desconocida siempre para el que te sabe,

¿qué puedo darte sino el infierno?

Desde el oleaje de tu pecho

en que naufraga lentamente mi rostro,

te miro a ti, hacia abajo, hasta la punta de tus pies

en que principia el mundo.

Piel de mujer te has puesto,

suavidad de mujer y húmedos órganos

en que penetro dulcemente, estatua derretida,

manos derrumbadas con que te toca la fiebre que soy

y el caos que soy te preserva.

Mi muerte flota sobre ambos

y tú me extraes de ella como el agua de un pozo,

agua para la sed de Dios que soy entonces,

agua para el incendio de Dios que alimento.


Cuando la hora vacía sobreviene

sabes pasar tus dedos como un ungüento,

posarlos en los ojos emplumados,

reír con la yema de tus dedos.

¿Qué puedo darte yo sino la tierra?


Sembrado en el estiércol de los días

miro crecer mi amor, como los árboles

a que nadie ha trepado y cuya sombra

seca la hierba, y da fiebre al hombre.


Imperfecta, mortal, hija de hombres,

verdadera,

te usurpo, ya lo sé, diariamente,

y tu piedad me usa a todas horas,

y me quieres a mí —y yo soy entonces—

como un hijo nuestro largamente deseado.


Quisiera hablar de ti a todas horas

en un congreso de sordos,

enseñar tu retrato a todos los ciegos que encuentre.

Quiero darte a nadie

para que vuelvas a mí sin haberte ido.

En los parques, en que hay pájaros y un sol en hojas por el suelo,

donde se quiere dulcemente a las solteronas que miran a los niños,

te deseo, te sueño.

¡Qué nostalgia de ti cuando no estás ausente!

(Te invito a comer uvas esta tarde

o a tomar café, si llueve,

y a estar juntos siempre, siempre, hasta la noche.)

 

La dulce manera que Sabines tiene para transmitir su amor resulta asombrosa. Cada verso permite al lector reconocer, pensar y comprender el sentimiento de querer algo, de quererlo todo. No hay que ser poeta, ni seguidor fiel de la misma para entender el mensaje que Otras carta nos regala; tampoco es necesario haber padecido un enamoramiento para sentir, en lo más mínimo, una cosquilla sencilla de la palabra ‘amar’.      

 

 


Fuente:
Sabines, J. (2012) Horal / La señal. México: Joaquín Mortiz. (pp. 107-109)

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